Todo empezó cuando apenas tenía 6 años y escuchaba a mi abuela Pepa decir
que había una planta que era buena para calmar el dolor del estómago y que
había otra que en cambio, era buena para desinfectar el intestino. Ante esto yo
me preguntaba:
¿Cómo sabe cada planta lo que tiene que curar?
Recuerdo también que todos los años durante la época de verano, yo sufría
muy a menudo de diarreas. Entonces me daban zumo de limón y unos comprimidos
que se disolvían en agua, que al parecer, contenían unos bichitos. Esto para
un niño de seis años era una cosa inexplicable y me tenía muy intrigado, porque
no llegaba a comprender como podían llegar a curar la diarrea, unos bichitos
apretujados dentro de un comprimido y en unas cantidades que ahora mismo no recuerdo
de no sé cuantos millones. Una cosa que se me pasaba por la cabeza era: el señor que
los tenga que contar, no puede equivocarse, sino no funcionará. Estaba realmente
asombrado.
Más adelante aprendí que se llaman probióticos y que en realidad, son bacterias
beneficiosas para nuestro el organismo y que se encargan de repoblar la
microflora intestinal.
Alrededor de los 7 años, todavía tengo vivo el recuerdo sobre una
enfermedad muy extraña que sufría mi madre. Perdía el conocimiento
repentinamente, sufría una especie de temblores y le aparecía espuma en la
boca. Nuestro médico le dio el nombre de epilepsia. Pero al parecer no existía
ninguna planta que la curase, ni el zumo de limón y ni siquiera aquellos
comprimidos con los “fantásticos bichitos”, la podían curar. De todas formas,
el médico le recetó un medicamento para que no sufriera los ataques tan intensos
ni tan a menudo.
Recuerdo que a los 9 años y en un acto de valentía, me acerqué a un perro
enorme para acariciar su cabeza con una mano. El perro se sintió atacado con mi
presencia y me mordió en la muñeca de la otra mano. Entonces mis padres me
llevaron a la consulta de nuestro médico, el siempre abnegado Doctor Eduard Punset,
al que recuerdo con mucho cariño. Aunque aquella vez, tengo que reconocer que
sentí mucho dolor cuando me aplicó la sutura que, por aquellos tiempos, era en
forma de grapas metálicas.
Pasados unos días y una vez que me retiró las grapas, hice un gran
descubrimiento: ¡la carne se había soldado sola! Era primera vez para mí que me
planteaba el potencial que tenía el organismo para regenerarse y además me
quedó claro que podría necesitar una ayuda externa para hacerlo.
A la edad de 16 años pude entablar nuevas amistades en el centro cultural
de mi pueblo, en Salou. Allí se organizaron toda una serie de conferencias del
Dr. Joan Amigó, un reputado naturista. Explicó de la capacidad que tiene el
organismo para auto-regenerarse y como de una forma natural se puede recuperar
la salud.
Poco tiempo después, empecé a buscar información sobre el uso de las
plantas medicinales. También contacté con naturópatas y con personas
experimentadas en la materia. Fue por aquella época, cuando empecé a hacer mis
primeros pinitos conmigo mismo, familiares y algún amigo.
A la edad de 17 años, mi padre enfermó del corazón y en primera instancia
requería de una intervención quirúrgica. Después de diversas pruebas, el
cardiólogo nos dijo que no podía ser debido a que el músculo se había
hipertrofiado de tal manera, que iba a ser peligroso intervenir. Mi padre quedó
muy decepcionado al saber que debía vivir con esa dolencia el resto de su vida.
Este hecho, unido a que mi madre tuvo que ser ingresada por una pancreatitis y
viendo que la medicina alopática no les ayudaba a recuperar la salud, me impulsó
a investigar más sobre la salud a través de las terapias complementarias más conocidas en ese momento. Defendía mis primeras enseñanzas con ahínco,
pero al mismo tiempo, no encontraba nada que fuera suficiente para ayudar a mis
padres.
En resumen, mi padre enfermo, mi madre enferma y yo preguntándome dónde
encontraría aquellas maravillosas plantas que curaban, de las cuales me hablaba
mi abuela. Me parecía imposible que no existiera una planta para el corazón y
otra para el páncreas, o incluso para la epilepsia. Tenía que existir algo. La
verdad es que en aquel momento me sentía muy decepcionado.
A los 20 años de edad tuve hacer el servicio militar y estuve destinado en
un destacamento de farmacia militar, en Madrid. Allí pude conocer a diferentes
médicos, entre los que se encuentra mi mejor amigo, el Dr. Agustín Cabo. También conocí a
Javier Vega que en su familia eran seguidores de la Naturopatía. Un día Javier
me invitó a su casa a comer y me mostró diferentes libros sobre naturismo. Me
recomendaron uno especialmente, era de D. Manuel Lezaeta. En él se explicaba
como había curado a varias personas de epilepsia y además afirmaba con casos
reales algo realmente extraordinario: ¡Podía cura el cáncer!
Imagínese que gran descubrimiento: si alguien en mi entorno sufriera esta
enfermedad, se podría curar.
Pero como la vida siempre nos tiene reservada alguna sorpresa, un hecho
inesperado para mí iba suceder. El páncreas de mi madre empeoró y enfermó de
cáncer y no había ninguna posibilidad de curación, y lo peor de todo para mí,
es que no estaba preparado para poder ayudarle. Al cabo de ocho meses de
sufrimiento, falleció. Mi padre ante la soledad y con el corazón tan débil,
falleció un año más tarde.
Yo no había podido estudiar medicina ni tampoco naturopatía. Pero se había
movido algo en mi interior, un sentimiento que me decía: ¡algo más se habría
podido hacer!
Busqué más información y aprendí muchas maneras de ayudar a recuperar la
salud. No le daba importancia a tener una titulación, sólo el deseo de ayudar a la
gente, pero si quería ejercer, tenía que tener un título. Al cabo de un tiempo empecé mis estudios,
hice las prácticas y finalmente obtuve mi diploma de Naturopatía. Más adelante conseguí
la primera parte de mi sueño: la titulación de Doctor Ph.D. en Naturopatía.
Ahora puedo afirmar que mi abuela tenía razón cuando decía que muchas
plantas pueden ayudar en muchas enfermedades y también lo hubieran hecho en el
caso de mis padres.
He tenido la oportunidad de poder investigar y lo sigo haciendo sobre los
resultados que se puede obtener con la adecuada combinación de las plantas
medicinales.
Al final, el trabajo en investigación siempre ha sido una constante:
¿Se puede hacer algo
más?
La respuesta
es: Sí, ¡siempre se puede hacer algo más!
A la edad de 48 años y justo al acabar un master, mi esposa me animó a que
recogiera toda la información y la experiencia adquirida en la consulta y la
plasmara por escrito para que muchas personas se beneficiaran. Decidimos
convertir el estudio de investigación, al que le llamamos Metabolism Discovery System, en un método de trabajo.
Había nacido lo que ahora conocemos como: El Método LPI
Jordi Sardiña Alcoberrro
Doctor Ph. D. en Naturopatía